lunes, 12 de enero de 2026

Los restos del día

Kazuo Ishiguro, Los restos del día (The Remains of the Day, 1989)
 
Aunque nacido en Nagasaki, el Premio Nobel de Literatura en 2017 Kazuo Ishiguro vive desde los seis años en Inglaterra (The Times lo considera uno de los cincuenta mejores escritores británicos desde 1945). Sobre su identidad, declaró a otro galardonado, Kenzaburo Oé:
No soy inglés del todo, porque fui educado por padres japoneses en un hogar donde se hablaba japonés. Mis padres no se dieron cuenta de que íbamos a permanecer en este país durante tanto tiempo, así que se sentían responsables de mantenerme en contacto con los valores japoneses. Mi bagaje cultural es distinto. Creo que mi perspectiva es ligeramente diferente.
En otra entrevista afirmaba:
La gente no es dos tercios una cosa y el resto otra. El temperamento, la personalidad, la perspectiva no se dividen así. Cada vez van a ser más comunes las personas con antecedentes culturales y raciales mixtos.
En la novela que hemos leído, precisamente la identidad -y cómo es imposible evitar que cambie, por más que le duela a quien desea que el presente vuelva a ser como el pasado- es uno de los temas centrales.
Tal vez sea propio de viajes como el que realizo que uno se vea incitado a replantearse, desde perspectivas sorprendentemente nuevas, temas que ya creía superados.
Relacionado con este, también aparecen otros tópicos que se repiten en el resto de su obra: el conflicto entre modernidad y tradición; cómo la memoria modifica la experiencia y condiciona así nuestra vida; la progresiva toma de conciencia sobre las decisiones tomadas y las oportunidades perdidas para siempre debido a nuestra condición mortal; la culpa que genera ese descubrimiento; o, por último, acercarse a la historia a través de las emociones de los personajes implicados.
Utilizar un narrador no fiable permite revelar de una forma interesante la distancia entre la apariencia y la realidad, y mostrar claramente cómo los seres humanos distorsionan o esconden esta. No es necesario que haya una intención consciente por su parte. El narrador de la novela de Kazuo Ishiguro no es un hombre malvado, pero su vida se ha basado en la supresión y evasión de la verdad, sobre sí mismo y sobre los demás.
Su narración es una especie de confesión, pero está mezclada con autojustificaciones, y solo al final llega a comprenderse a sí mismo, demasiado tarde para obtener provecho.
David Lodge, El arte de la ficción (1992)
Stevens es algo más que un narrador no fiable: nos revela todo sobre sí mismo -en especial, sus temores, deseos y dudas- de forma muy clara porque, precisamente, se esfuerza por negar(se) la verdad. Y, como todo lo narrado tiene un valor simbólico más allá del hecho, la lectura de su diario de viaje -o la forma en que se va transformando su interpretación de la carta de miss Kenton- permite la reflexión sobre, por ejemplo:
  • Los procesos de comunicación. Aquello que no se dice porque no se desea asumir, por miedo o por la creencia de que los demás no van a entenderlo o aceptarlo. Las dificultades y malentendidos que surgen cuando los interlocutores manejan códigos diferentes.
  • Los valores heredados como obstáculos para la libertad individual. La dignidad se interpreta en Los restos del día tan erróneamente como el honor o la grandeza, y se recurre a ella como una forma de esconderse, de -nuevamente- negarse a sí mismo. La identidad profesional, que depende de un tercero, permite eludir preguntas como ¿quién soy? y ¿qué quiero ser?
  • La influencia de los progenitores y las relaciones paternofiliales. Asistimos al contagio de la incapacidad para mostrar los afectos y de la tendencia a delegar las decisiones a un poder considerado superior, al igual que los errores del padre son el preludio de los que el hijo comienza a cometer.
  • La torpeza en la interpretación de algunos movimientos políticos y sociales, que lleva a preguntarse si no estaremos repitiendo ahora la misma equivocación histórica. En la novela aparecen personajes reales como lord Halifax -durante un tiempo, fue el principal agente de la política de apaciguamiento británica con Hitler- y Oswald Mosley -fundador de la Unión Británica de Fascistas-.
Creo que la gente sólo puede cambiar su vida un poquito. En Stevens se ve a alguien que de una forma muy dolorosa intenta empezar a cambiar su visión del mundo e incluso la de su propia vida. Pero la parte triste es que él, como todos los hombres, comprueba que es muy limitada la parte que puede cambiar. Algo que siempre me ha llamado la atención es el contraste que existe entre la experiencia de un país y la de una persona. Un país puede aprender de sus muchos errores, y así puede surgir una generación nueva que los corrija, pero el tiempo vital de una persona es tan restringido que no le permite esa posibilidad de cambio. En mis primeros libros trataba de retratar personajes que vivían en un mundo que cambiaba muchísimo, entre la primera y la segunda guerra mundial, y al final ellos asumían que esos cambios eran positivos para la comunidad, pero que para ellos ya no representaban nada.
Kazuo Ishiguro
La novela tiene un final circular. Aunque el viaje haya sido revelador para Stevens, es incapaz de asumir un cambio vital y se acabará refugiando en lo que queda del mundo pasado, donde aún podía mantener la esperanza -siempre pospuesta- de cumplir sus deseos más íntimos. Por eso, cuando decide volver a entrenarse en el humor está renunciando a intentar algo diferente, limita de nuevo el sentido de la propia vida al servicio de otra persona y, sobre todo, esconde un profundo dolor.

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